Consumimos Mierda
Desde que nací estuve encerrada. ¡Si! Encerrada en las 4
paredes de mis prejuicios, paredes creadas por mis progenitores, quienes se
empeñaron en mostrarme lo que solían llamar como “Lo bueno, lo malo y lo feo”
palabras que hoy en día hacen eco y resuenan entre las cicatrices de mi mente.
El saber que mi labor dentro de esta sociedad era encajar
dentro de aquellos estereotipos de “supuesta perfección” se volvió en una
interminable pesadilla. No importa lo
que pienses, lo que haces o como lo haces; solo importa cómo te ves.
Es aquí donde comienza esa lucha entre lo que
piensas, lo que eres y lo que quieres proyectar.
Pero me percate que mi gran limitante no era solo mi mente, sino
que también aquella gran fábrica de “perfección” que veía a diario en la tv, en
el cine, en los libros y hasta en mis propios juguetes de la infancia. Se
habían vuelto parte importante dentro de mi subconsciente hasta hacerme creer
que no era perfecta, ni podría serlo a menos que surgiera un cambio (Un cambio más
físico que mental).
Fue en este punto en el que abrí los ojos y vi que vivía en
una sociedad de espejos en la que todos y todas nos veíamos reflejados por
medio de las “supuestas” imperfecciones de los demás, creyendo que de esta
forma minimizaríamos nuestros problemas de aceptación y seríamos casi
imperceptibles ante el ojo crítico de aquellos que nos observaban desde lejos y
controlaba nuestro vestir, actuar y pensar.
Solo lograba imaginar cómo entre medio de tanto caos, alguien
desde arriba nos manipulaba cuál marionetas circenses a su antojo, para que centráramos
nuestros esfuerzos en lograr lo inalcanzable; en llegar a una meta que tiende a
cambiar constantemente según la temporada; a idealizar cuerpos pre-fabricados y
consumirlos como pan tostado por la mañana, estaba tan acostumbrada a este tipo
de consumo que ignore mis propias necesidades de amor propio que mi cuerpo me pedía a gritos, silencie mi mente y
mi espíritu para adaptarme a estos estereotipos de consumo y replicarlos lo más
parecidos posible para poder encajar dentro de este circo al que llame vida y
con la que claramente no estaba contenta, pues mientras más intentaba encajar,
más mediocre y desamparada me sentía.
¿Era el cuerpo parte del control o del consumo?
¡Ambas! cuando comenzamos a visualizar todo aquello que nos
proyectan con base a la idealización inalcanzable nos convertimos en entes
dormidos y adoctrinados viviendo y respirando hacia un mismo horizonte; un
horizonte que no nos permite el contemplar la belleza e infinidad de cuerpos y
colores a nuestro alrededor, en donde vale más un kilo perdido que un esfuerzo
reconocido.
Puedo decir que fui victima de un consumo desenfrenado, pero se que en un mundo donde solo habitan espejos nada más me queda el
romperlos, para podernos ver cara a cara y aceptarnos.


Comentarios
Publicar un comentario